Carta 3 de agosto

 Mis hijas lindas, mis preciosas niñas:

 

No sé cómo nombrar estos días, estas horas, estos minutos. Me he dado cuenta de algo: que he de cargar, tan en silencio, este no saber nombrar el tiempo. Han pasado los meses y se han vuelto años y en su corazón se anida un no sé qué, un dolor y nos quejamos porque duele y no debería.

Es sencillo, los días se volverán minutos y las horas meses y los segundos años. El reloj de la pared irá subiendo el volumen de sus manecillas hasta tumbar los muros y ya no habrá casa ni mundo. Las manecillas del reloj son ruidosas y fuertes, se parecen a los pasos de Xime cuando marcha y a los puños bien cerrados de Natalia. Me gustaría decir que se detiene el tiempo, pero mentiría. Porque no sé si sus ojos se pasearán por estas letras, no lo sé, lo imagino, que vuelan a sus pupilas y viajan hasta el corazón y se dan cuenta del tiempo y los latidos se aceleran y se liberan. Pero es mi necedad y mi delirio y mi querer saber que no soy el único que escucha este ruidoso reloj de la pared que me señala el destino al que estamos, irremediablemente, ligados.

Un día pasará y nos daremos cuenta, mientras tanto, y si no la hemos hecho jirones, nos queda la memoria. Por eso sueño con ustedes. Por eso me refugio en sus sonrisas de cuatro, ocho años, en sus manitas que juegan (lo he olvidado, lo he olvidado ¿con una maquinita de supermercado, con unos peluches?).

Las noches pasan como si fueran naipes cayendo en cascada y, mientras caen, juego el juego de la vida. Lo que me despierta a veces es la humedad en la almohada. Pero me levanto como si nada y abro las cortinas y ruego, en verdad lo hago, que se detenga el tiempo y que pueda decirles, hijitas mías, se ha detenido y que no sea mentira y que se borre ese quejido que duele, y que ese reloj se calle y que todo sea mundo de nuevo. Eso ruego, eso ruego.

Las amo con toda mi vida, porque son mi vida y lo serán siempre.

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